El placer también duele (el post de verdad)

Pi, pi, pi… pi, pi, pi

5 de la mañana y nos levantamos con una sonrisa en la cara. Hoy vamos a Phuket!

Puntualmente llega nuestro taxi que nos llevará a través del denso tráfico de Bangkok, hasta el aeropuerto.

Como si ya se tratara de coger un bus más que un avión, nos dirijimos a la puerta de embarque y echamos un vistazo a los que serán nuestros compañeros de viaje durante una hora. Indios, japoneses, algún guiri europeo…

Al poco de iniciar el ascenso, los olores invaden nuestras naricillas y hambrientas de desayuno, miramos la carta. Nos detenemos en la comida de verdad… nada de bollitos o chocolatinas… nos queremos pedir pollo teriyaki! Sí, lo sé… no suena muy a desayuno, pero entre el jetlag y lo sabrosa y rica que es la comida por aquí, no podemos resistirnos.

Cuando las auxiliares de vuelo se acercan, monísimas ellas e incluso alguna con los ojos occidentalizados, les pedimos 2 menus de pollo teriyaki y con ojitos de pena nos dicen que sólo tienen 1 pollo teriyaki, 1 pollo con arroz y otro plato más. No problemo, nos pedimos los dos primeros y a desayunar! Y así es como dos españolitas por el mundo, dejan el vuelo sin existencias…

Con la tripilla llena y mucha emoción, aterrizamos y vamos a por nuestro equipaje. Estamos en Phuket!!!

Una vez nos reencontramos con nuestras mochilas, nos dirijimos fuera y contratamos el transporte: una minifurgo. Y en ese pequeño espacio nos juntamos coreanos, japoneses, indios, holandeses y nosotras.

Iniciamos la andadura a Patong, la zona donde nos vamos a alojar. En el camino nos vamos acostumbrando a la frondosa y exuberante flora y a la numerosa fauna de motos zigzagueantes entre el resto de tráfico de coches y peatones.

Yorkshire Hotel. Nuestra parada. Con el objetivo claro de pisar la playa cuanto antes, nos duchamos y nos plantamos el bikini y voilà, estamos en Patong Beach.

Alquilamos un par de tumbonas, cerramos los ojitos y… “coconut oil, lady?”, “dress, dress?”, “some drink??”… Al parecer, Patong Beach además de mar y arena tiene “La tienda en casaaaaa”. Una marcha constante de gentes del lugar, marchan con diferentes productos que ofrecer al turista, de punta a punta de la playa. Así que nos pasamos un rato largo diciendo “No, thanks” cada vez que nos ofrecen algo.

Menos mal que llegan vecinos de tumbona a la derecha (autralianos) y a la izquierda (polacas) muy complacidos de comprar que mantienen a todos estos vendedores distraidos y nos permiten un ratito de relax completo.
Al final nosotras también picamos, por supuesto… Un masaje con aloe vera natural. La señora va tomando trozos de la planta, que llevaba cortados en un cubo con hielo, y con un peine los rasca hasta que sale un especia de babilla con la que nos unta todo el cuerpo… Una sensación maravillosamente agradable!

Ya a la tarde, y saciadas de playa, volvemos al hotel para darnos una duchita y a la calle otra vez. Esta vez, cambiamos de actividad y nos adentramos en el Centro Comercial de Phuket, donde Rebe despliega todas sus habilidades de regateo,para comprarse un par de bikinis.

Seguimos curioseando por el enorme edificio y oooooh, damos con la zona de masajes. Todos se avalanzan sobre nosotras con sus tarifas en la mano, a ver quién nos caza. Después de ver un par de sitios, encontramos uno que nos gusta por el precio y la pinta del lugar y allá que vamos. 30 minutos de masaje por 5€: cabeza, brazos, piernas y hombros.

No sé si fue por la emoción de dejarnos llevar o por qué, pero ni me fijé en que el masaje que daban eran del tipo Thai… es decir, ese tipo de masaje en el que tu cuerpo hace crunch! Para nada lo que yo tenía en mente…

A Rebe le toca una chica y a mí un chico. Nos piden que nos tumbemos boca abajo y ahí que vamos como dos pobres inconcientes. Nos lavan los pies con una toallita caliente y… comienza la tortura.

El chico aprieta cada una de mis contracturas que tanto me han costado crear en 34 años de vida y me hace ver las entrellitas, se pone sobre mí y me presiona hacia abajo casi sin dejar aire en mis pulmones. Debo confesar que en mi fuero interno le llamé de todo (que Buddha me perdone) y que estuve a punto de decirle que parara, pero por otro lado notaba que mi cuerpo recuperaba un estado de relax que hacía mucho que no sentía. Los momentos más críticos fueron cuando empezó a levantarme la pierna como si quisiera que tocara el pie con la cabeza, acaso pensaba que yo era una bailarina preparándome para “El lago de los cisnes”? Pero peor fue cuando, subido sobre mi piernas, me cogió de los brazos y tiró para atrás… Tiraaaaba y tiraba y hasta que no sonó click varias veces no me soltó.

Os aseguro que tenía las lagrimitas a punto de salir de mis ojos…

Una vez terminada la tortura tailandesa, los masajistas del crunch desaparecen y nos dejan solas, con nuestras caritas de pena y nuestros cuerpos recolocados como si acabáramos de nacer. Y de repente, como si de la catársis se tratara, empezamos a reir, pensando… “acabamos de pagar por una sesión de tortura”.

Ahora ya, desde la distancia del momento, puedo decir que no sé si volvería a repetir este tipo de masaje de forma consciente, pero debo admitir que a pesar del dolor, el cuerpo realmente agradece una recolocación de vez en cuando… os apuntais a un masaje thai?

Besines!

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2 pensamientos en “El placer también duele (el post de verdad)

  1. Lo de la playa muy bien, pero lo del masaje ni hablar, con lo miedica que yo soy para eso. De todos modos estais muy hambrientas, cuidadin que los bikinis no ensanchan. Besos a las dos

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  2. Acabamos de descubrir el secreto del bajo índice de delincuencia… claro, todos los matones del barrio se dedican a dar masajes Thai… con víctimas voluntarias guiris y el botín previamente pactado… Qué sabia es la milenaria cultura oriental!

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